sábado, julio 05, 2008

El esnobismo femenino

El tipo de mujer actual, tal como ha llegado a ser en Occidente, supone un paganismo laico. Con Rita/Gilda empezó la deliciosa peste de las delgadas en Hollywood, o sea en el mundo.
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No está uno muy seguro de si existe un esnobismo femenino o más bien ocurre que la mujer toda es puro esnobismo, y no por malformaciones educacionales sino porque la configuración misma del cuerpo de la mujer supone un monumento al esnobismo, al lujo sobrante, a la sensualidad viandante, a la realidad excesiva, a la irrealidad artística.
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Me explico. El tipo de mujer actual, tal como ha llegado a ser en Occidente, supone un paganismo laico que sólo encuentra espacio en los desfiles de modelos, en las playas nudistas y en la que pasa por la calle. En una columna de mi admirado Jorge Berlanga leo que la revista Playboy ha realizado un estudio matemático sobre el total de los desnudos femeninos reunidos en sus desplegables. El resultado nos dice que la modelo, la chica del mes, la que impone un estilo de cuerpo, ha venido adelgazando a través de la larga vida de Playboy de una manera paulatina, científica y evidente. Los que hacen la revista cada vez las eligen más delgadas. Y esa delgadez pasa luego a la calle, a la moda, a la piscina, a la ropa.
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Al paganismo de las gordas, que fue el de nuestros abuelos, ha sucedido el paganismo de las delgadas, pero esta transición no ha sido ni podía ser repentina, sino que obedece a un cálculo de la salud y la belleza de la mujer. Hemos estudiado tanto esa salud que hoy estamos en la anorexia. Otro columnista dirá que la tendencia a la anorexia es una tendencia al efebo, una cosa homosexual, o sea. Pero ni Jorge ni yo creemos en eso. Lo que han hecho los estilistas de Playboy es quitarle a la mujer todo lo que le sobra o sobraba. Demasiado pecho, demasiados glúteos, demasiada carne por todas partes. La mujer, aunque no hubiera leído a Descartes, se decía: “Estoy gorda, luego existo”. Claro que a esa mujer no la había engordado la comida sino, como al caballo, el ojo del amo.
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Este paso del panteísmo rubensiano al paganismo americano está en relación con todos los diseños del mundo actual. El gran avión es más estilizado, las Torres de Manhattan eran como de barquillo y en este plan. En cambio, el sobrante de pechos era como un tributo que se le ofrecía al esnobismo, una manera que tenía la vecina de ser más que las demás. Ha cambiado la estética, pero no ha cambiado el esnobismo. Ahora se trata de ser la más moderna gracias a haber tirado los pechos a un contenedor en una noche de luna.
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La abundancia de arrobas era un tributo esnob a la competencia con otras mujeres. La tendencia a la línea recta, tan milimetrada por Playboy, es un tributo a la actualidad, al laconismo de todos los diseños y al estilazo de la prima Cósima, que siempre viene por casa con un kilo de menos, a enseñarnos el kilo que ha perdido, y que es el más adorable y espiritual de sus kilos.
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La filosofía es hoy más lacónica en Baudrillard, el automóvil es más escueto en su último encuentro con la muerte que en el encuentro del año pasado, la ropa de Versace es más transparente porque ya no hay nada que transparentar. La mujer nos parecía esnob de abundancias, pero también puede ser esnob de carencias, de modo que toda ella es esnobismo o no es esnob en absoluto. Pero tiene mucho más instinto que el hombre para instalarse en la actualidad. “Estamos atravesados por el lenguaje”, dijo Heidegger. La mujer está atravesada por el eslogan. La moderna ya ha encontrado un modelo de sombrero para ir a los tanatorios y crematorios, porque la muerte es tan esnob como la mujer y quiere vivir al día. Cuando se descubre que el hombre, en realidad, jamás fue a la Luna, resulta que la mujer va todas las noches. La mujer es una criatura lunática y la Luna se inventó o se conquistó para ella, pues la Luna es la única alcoba de dormir donde duermen líricamente y sin peso las estrellas de Hollywood en las películas.
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A veces, más que a una mujer, amamos el esnobismo femenino, esas tijeritas de plata con que se recortan el vello y ese lápiz de ojos con que se pintan unos ojos encima de los que tienen, pero debajo de los que no tienen, que siempre les parecen pequeños. El esnobismo femenino es Rita Hayworth tocando la guitarra que no sabe tocar y que sólo nos llega en play-back. Lo cual que con Rita/Gilda empezó la deliciosa peste de las delgadas en Hollywood, o sea en el mundo.
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Publicado en El Cultural ("El Mundo", 24 de junio de 2003)

sábado, junio 21, 2008

La boda de Sara

La nueva boda de Sara Montiel, mi querida Antoñísima, la Liz Taylor española, al menos en cuestión de maridos, a mí me alegra mucho por ella, que hasta le he puesto un telegrama, pero además me lleva o me trae a decir lo que creo: que Sara es tan representativa de España, de nuestra España, de la España españísima, como Lola Flores, esa otra amiga intemporal, maga y emblemática.
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Lo cual que las bodas de Sara son como las bodas políticas de España en nuestro tiempo. Primero, ella se casó con un norteamericano, Anthony Man, como cuando todos los españoles nos casamos con Eisenhower, en el 59, que vino el héroe de Normandía a que Franco le pegase el abrazo de la muerte, en Barajas, noviembre y con lluvia. Ya se lo había dicho el Caudillo a su primo, Franco Salgado, cuando Eisenhower salió presidente: «Al fin y al cabo es un militar; nos entenderemos». Y se entendieron. Sara nos lo había dicho a los amigos, hablando de su primer marido: «Al fin y al cabo es un director de cine; nos entenderemos».
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Luego viene un mal hombre del que ni ella ni yo queremos acordarnos y después el exquisito Pepe Tous, un caballero de la empresa, un empresario. O sea, como cuando Felipe González se casa con Cuevas para parar la huelga general de cada trienio, que las huelgas generales de los socialistas contra los socialistas vienen ya en el Calendario Zaragozano de don Mariano Castillo de Ocsiero, con los eclipses de luna y las heladas.
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Las huelgas generales debieran venir en las agendas y los calendarios en números rojos, para que sepamos que es puente. Finalmente, la Antoñísima se nos casa con Giancarlo, un viejo amor, más joven que ella, como Felipe se ha casado con Aznarín, también un niño a su lado. Como a uno le cansa ya la historia de España, de tanto sabérsela, prefiero la historia de la Antonia, que viene a ser muy parecida. O sea que España se casa con cualquiera, el caso es no estar sola, y primero nos casamos con Marx, luego con Reagan, en el Palacio de Oriente, luego con el socialista Willy Brandt, o antes, traicionándole, después de muerto, con el democristiano Kohl. También tuvimos un lío, apaño o ligue con el socialista Palme, el de la hucha, pero nos le mataron y la cosa no pudo llegar a más. Un día nos casamos con Fidel Castro o con Daniel Ortega, siempre con la guerrilla, y al otro día nos casamos con Salinas de Gortari, contra la guerrilla. ¿Cuál es la política matrimonial de este país, si es que coños puede saberse?
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Lo cual que España, como Saritísima, España, mujer al fin, viene haciendo una vida sentimental regida por la improvisación, el flechazo, la circunstancia, la conveniencia, el flirt, el tonteo, el ligue, el lío y el desmadre. En Sara se comprende, porque es hembraza, pero en Felipe González no se comprende esta versatilidad de ingle que un día nos emparenta con la OTAN y al otro con Maastricht, y en este plan. FG no está demostrando una sensibilidad de juicio muy diferente ni superior a Sara Montiel, en cuestión de alianzas. Se deja llevar y traer por el repente pasional, como una mujerona.
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Una política de repentes está bien para la vida sentimental de una estrella, pero no es seria ni conveniente para un gran político y un viejo país. Conozco mucho a la Antoñísima y todavía no sé cuál es su tipo de hombre. Conozco algo a González y todavía no sé cuál es su tipo de política internacional. Nuestro presidente es voluble como una vedette. Le pierde su versatilidad y su encanto, como a Sara esos ojazos. Enhorabuena, cachonda mía.
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Publicado en Los placeres y los días ("El Mundo", 22 de enero de 1994)

sábado, junio 07, 2008

Un fragmento de "Carta a mi mujer"

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Un mundo verde y dorado, vago, que la persiana espía entre sus maderas. Son las ocho de la mañana. La vaguedad de mi sueño se encuentra con la vaguedad del día, filtrado como digo, y ya estoy despierto.
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Ah si el dia fuese, en efecto, esa cosa lenta y errática que parece cabecear allá afuera. ¿Y acaso no lo es? Sí, el mundo espiado en su soledad es inocente o lo parece. Somos nosotros quienes, al ponernos en él, ponemos la angustia o la duda. De todos modos, quiero hundirme en ese presente vasto que adivino, y del que me viene un anticipo, que procuro violento, en el frescor del agua matinal. Subo persianas, descorro cancelas, me salvo de mi sueño, parece que el gran cuerpo de la luz estuviera allí, como una bella estatua viva, hecha de perros de oro, para rescatarme de la noche que aún me tenía en su espeso calabozo. Huele a casa incendiada por el sol.
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Bebo cosas, desayuno cosas, da igual cuáles: todo sabe al maná del día, todo equivale a ir devorando la fluidez verde y amarilla de la mañana, o a dejarse devorar por ella. Luego me pierdo por la casa, pongo la comida a los gatos, en la cocina, paso mi mano por la piel del Rojillo, fresco de noche y de sangre reciente.
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Dudo todas las mañanas entre la despensa y el frigorífico. Es casi la duda entre dos culturas, entre dos épocas, entre dos mundos. La vieja despensa de esta casa, con baldosas blancas y alacenas, guarda, naturalmente, legumbres, embutidos, ajos, quesos, frutas, pimentones, todo eso, y a eso huele, pero no a estas legumbres, a estos embutidos, ajos o quesos, somo a otros como anteriores, que aquí se curaron o se pudrieron. Hay una despensa de olor, un fantasma de despensa, perfumando de pasado la actualidad intendente de la depensa.
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Esto, en pleno fervor proustiano (que ya pasó un poco, naturalmente), me habría parecido fascinante, me hubiera llevado a escribir algo (y ya lo estoy escribiendo: trampas de la escritura). El frigorífico, por el contrario, no huele a nada o sólo huele a frío. Es una alta sepultura en pie, de falso mármol, llena de cadáveres exquisitos (algunos no tanto, claro). Es la comida sin la memoria que la comida tiene de sí misma. He leído en estos días a Noëlle Châtelet, una bella francesa que teoriza sobre la aventura de comer. Al final, todo es un canto a Rabelais. Los franceses siempre nos están enseñando patriotismo, sobre todo patriotismo literario. Mucho Rabelais, pero nada sobre la memoria que los alimentos tienen de sí mismos, ese pasado proustiano en que viven las longanizas de la despensa. El frigorífico es la comida menos la memoria (nuestra o de la comida). Porque ya se sabe que el órgano de la memoria es el olfato.
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Entre alimentarme de la depensa o alimentarme del frigorífico, acabo quedándome sin desayunar, hasta que tú, María, me organizas un desayuno, que llega con los periódicos. Los periódicos, en este tenue y riguroso presente que me he organizado, no tienen mucho sentido. Es éste un libro, ya está dicho, dedicado a lo “infinitamente pequeño”, entre otras cosas porque se me ha perdido, gustosamente, lo infinitamente grande, si es que existe. He comprendido que el presente no es un gran fin de fiesta, sino que al presente sólos se entra por el hueco que deja el hueso de una fruta (esto quizá me lo hayas enseñado tú, María) o siguiendo las huellas minuciosas de un gato (y esto, sin duda, me lo ha enseñado el gato). Los periódicos, mera y violenta actualidad, hijos aún de la noche, caen pronto al suelo, no soportan el día sin noticias.
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Hasta que me siento a escribir en mi máquina roja. Esta máquina roja, “Valentine”, es la variante francesa de la olivetti portátil/universal. Pero hace una letra dos cuerpos más pequeña que las otras, lo que va bien para la intimidad de algunas prosas, y tiene un color rojo/automóvil que estimula mucho la escritura. Esta máquina me la regaló una niña rubia y enamorada, adolescente y lista, a la que hubo que echar de casa a hostias, como a todas. Pero sabía que la olivetti roja era un capricho mío y acertó. Esta letra menuda que hace la valentine es más propia de cartas que de artículos, porque tiene intimismo casi caligráfico, pero, al fin y al cabo, este libro es una carta, de modo que le va bien al original la letra en que lo escribo.
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Claro que antes de ponerme con este libro, con el libro que en cada ocasión esté haciendo (siempre hay que tener un libro en el telar: work in progress), cumplo con mis artículos del día, con las colaboraciones para periódicos y revistas. Esta mañana, por ejemplo, he escrito, para mi periódico (mientras bebía whisky con agua, cubalibres de ron, piña colada con leche y con más ron), un artículo sobre una calle madrileña, céntrica, corta y clandestina, donde se arracima cotidianamente, bajo la noche autonómica, la lujuria en todas sus formas, sexos, amores, atuendos y comercios. Ahí centro mi vida, como en lo más puro de la ciudad, porque conozco ese sitio, aunque ahora escriba lejos de él. Es, una vez más, una respuesta al burguesismo hipócrita que todavía clama y cualquier día nos proclama en los papeles.
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Y luego, devuelto ya a este libro, tendría que glosar (puesto a glosar mi presente inactual) un artículo feminista que trae la prensa de hoy, denunciándome como “misógino, cínico y benevolente”. La autora, pese a que me conoce personalmente, no acierta en nada. Me ha brindado una página de publicidad gratuita, con una de las fotos mías de prensa que más me gustan. Así como me gustan los tres adjetivos de la serie (dedicada a los grandes hombres/grandes misóginos de España). “Misógino, cínico y benevolente.” A lo mejor es uno las tres cosas.
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Tú sabrás, María, amor.
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En todo caso, soy un misógino muy explotado por las mujeres. Pero la página está muy bien confeccionada, la foto queda divina y todo el contexto es benéficamente escandaloso, escandalosamente benéfico. Viene a reforzar mi línea (una de mis líneas) de escándalo social y literario. Tú conoces bien eso, María. ¿Cómo la pobre mujer, la articulista, es tan obtusa que no ha previsto eso? ¿Cómo no ha previsto que lo que resta es una página diabólica, cínica y publicitaria? Debo agradecer al periódico la forma en que lo ha dado, pues resulta engrandecedora, contando con lo que pudiéramos llamar mi marketing. Y es que estas pobres maduras luchan por una causa (vicaria, burguesa, falsamente rebelde) mientras que uno sólo lucha por la gran causa revolucionaria o por la causa personal de la personalidad. De la imagen. Como contribución a la imagen, el artículo de la tía, toda la página, son impagables.
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Y ya me tienes, María, raptado de nuevo por la actualidad (como todos los días, si la siguiese), robado del presente en que vivimos. Pero sigo mi libro, miro por el gran ventanal, veo los juegos del agua sobre el agua, los tapices fugaces que se bordan, estoy solo escribiendo, luego almorzaré algo, en la cocina, o dormiré la siesta, luego haremos charla de a dos, cuando los gatos rampan como pumas, hasta que vengan niñas, viejos amigos, médicos, artistas, a hacernos la tertulia, largamente, en la cueva del calor y lo negro, y el día se desprenda de la noche, dulcemente, como un hijo monstruosamente bello.
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Páginas 32 a 36 de Carta a mi mujer (Planeta, 2008)

sábado, mayo 24, 2008

Henry Lefebvre. El marxismo alegre

Entre una especie de marxismo alegre y una suerte de surrealismo comprometido se movió siempre Henri Lefebvre, aquel luchador con algo de galán maduro, el pelo abundante y el suéter de cuello blanco, la expresión fornida y la frente con tres arrugas como la visualización de los tres cerebros que él manejaba para pensar y escribir.

Lefebvre, antes de ser el hombre de Nanterre/68, es el surrealista admirador de Max Jacob. “Pero yo siempre me presentaba con una mujer hermosa y ellos eran homosexuales. Con Jacob, lo primero era la mano a la bragueta. Muy incómoda la broma”. HL estaba en un grupo de poetas más o menos surrealistas, que, por mimetismo de Aragón y otros, en seguida se afiliaron al Partido Comunista Francés. Practicaban un marxismo abierto que creían era el de Moscú. Una vez, André Breton citó a HL en su casa para un examen cultural, lo cual ya en sí resultaba un trámite pretencioso y nada surrealista. A Breton no le gustaron nada los libros que leía el joven poeta surrealista y en seguida le impuso otros.

Si en el surrealismo había que pasar examen, en el comunismo estaba prohibido el pensamiento propio. El partido pensaba por uno. ¿Y por el partido quién pensaba? Se suponía que Moscú. Pero HL descubriría más tarde que la salida del partido supone una especie de orfandad.

Tiempos difíciles, las abrumaciones de la escritura, el desgarrón de las banderas, hoces y martillos contra el capital. Hoces y martillos que había fabricado el propio capital. HL ha contado bien esta experiencia humana de la orfandad, y nosotros nos permitimos redondearla. Se abandona la familia, se abandona la sociedad, aunque se conviva en sociedad, se abandona el amor y el hombre desarraigado entra en un partido buscando calor, más que ideas, buscando charla, más que doctrina.

Luego, cuando el desengaño o la expulsión le devuelven a uno a la calle, la orfandad vuelve, pero es ya otra suerte de orfandad: la del hombre que ha renunciado a un proyecto general humano, a unos vínculos más fuertes que los del sexo. La militancia está llena de abdicaciones. ¿Pero acaso no lo está el amor? Los celos y las traiciones son igual de abyectos que las abrumaciones del partido. Esa es la fuerza de los partidos, ése es el folletín de los políticos en el arroyo, hijos de la calle.

Por eso Lefebvre, profesor en Nanterre, se engancha a Mayo/68 como al mercancías de las libertades. Mayo/68 trae un ramo fresco y anacreóntico de libertades. (Eduardo Haro Teglen lo ha incluido luego, inmejorablemente, en sus “revoluciones imaginarias”). HL es el “más Nanterre” aunque otros brillasen más en la ocasión. Entre otras cosas porque estaba allí. Como viejo surrealista, le atraían las revoluciones imaginarias.

Siempre siguió siendo marxista, pero marxista de leer a Marx, sobre todo al Marx joven, y de ahí su análisis de la Historia, que es siempre claro y certero. Porque Lefebvre es un pensador sin estilo, sin retórica, sin jerga. Lo que apasiona de su prosa o su conversación es la fuerza y realidad de las verdades que maneja, no el manantío de las palabras. HL es un hombre de verdades gordas como onzas de oro y no de movediza calderilla retórica. Reconoce en Marx al hombre que ha hecho el análisis definitivo de la sociedad y del tiempo. Es muy difícil, después de Marx, creer en las teorías literarias de otros pensadores de la Historia. Lefebvre siempre cita un trío, nunca los separa, como tres eslabones para llevar en la muñeca: Marx, Engels, Lenin. De Marx había tomado la lucidez, de Engels la información y de Lenin la práctica: “La Revolución es la electricidad y los koljoses”. A Trotsky, un corte de pelo a hacha y vale.

Marx predica el comunismo internacionalista. Cuando Stalin promulga la revolución para un solo país, Rusia, Lefebvre comprende que el comunismo se ha aburguesado, se ha estatalizado, y es cuando él más se aleja del comunismo burocrático. Renunciando al internacionalismo, Rusia se ha hecho nacionalista, y así acabaría todo. Por eso los viejos internacionalistas miramos con ácida ironía la floración de hongos de los pequeños nacionalismos en el mundo. Eso es un camino que lleva a Mistral y luego a la muerte.

Lefebvre, como teórico de la ciudad y los espacios urbanos humanizados, ve en la Bauhaus, como a trasflor, el renacimiento del hitlerianismo en Estados Unidos (aquel Berlín “alto de hombros”). El fascista americano Ezra Pound (ya lo hemos recordado en esta serie) ve así la geometría de los rascacielos: “Doncella sin senos, Nueva York”.

Antes que surrealista, HL había sido dadaísta. Admira mucho a Tristan Tzara y lo que más le gusta de él es que no escribe por no incurrir en la literatura, aunque sea la más subversiva. Tzara prefiere ser dadaísta las 24 horas del día, pero sin escribir.

Y esto no tiene nada que ver con el decadentismo de Wilde: “Mi verdadero genio lo he dejado en mi vida”. Tzara no hace biografía (siempre hay que estar haciendo biografía), sino que elude el compromiso burgués de la escritura, que siempre te caza en sus sutiles trampas. Habría que recordarle a Tzara que el escritor puede renunciar a su herramienta, pero el obrero no, con lo que la abstención literaria queda tan burguesa como la no abstención.

A medida que las clases obreras se van retirando de la vanguardia de la revolución, queda el partido como suplencia de la clase obrera. Pero esto ya no es acción, sino burocracia, y así van muriendo los partidos comunistas europeos. No se concibe una revolución vacía de obreros: Mayo/68. Lefebvre va tomando nota de todo esto y cada día está más desconcertado, pero más combativo.

Cuando en París se combate el capitalismo de Estado en Praga se combate el socialismo de Estado. Para HL queda claro que el Estado, bajo una y otra forma, es el último diplodocus del siglo XX, el dinosaurio heredado del XIX y de los reyes absolutos. “El Estado soy yo”. No lo dice sólo Luis XIV. Lo dice hasta el último burócrata.

Lo que salvaba a Lefebvre es que se movía siempre entre varios frentes y entre varias mujeres. Por eso ni el surrealismo ni el comunismo ni la política ni el sexo acabarían con él. Hombre de acción, o de pensamiento en acción, añora siempre el sabor y el olor de la vida, que él formula como “calidez”, y eso es lo que le humaniza y nos lo hace cercano y emocionante. Siempre, en la lectura, filósofo nuevo, no “nuevo filósofo”. Ni en España hay 150 como él.

Publicado en "El Cultural” de El Mundo (Los alucinados, 6 marzo 1999)

domingo, mayo 18, 2008

Vacilando a la República


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Publicado en el Num. 161 de Hermano Lobo (7 de junio de 1975)

domingo, mayo 11, 2008

Los prefalangistas

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Se reunían en La Ballena Alegre, café dentro de un café / Todos, en la derecha y en la izquierda, iban de mono obrero, lo mismo Lorca que Giménez Caballero / La Gaceta Literaria, del 27 a Ledesma Ramos / La revista de Alberti: El mono azul / Dionisio Ridruejo: "Giménez Caballero es el primer fascista español" / Del parlamentarismo cuco de Romanones a la grandiosidad de cartón de: Mussolini / JA Primo de Rivera no hizo otra cosa que añorar el cirujano de hierro que podía haber sido su padre / En el Cara al sol hay algunos versos buenos / El fascismo español se entendía con Mussolini y, mucho menos, con Hitler / El estilismo de JA no toma tanto del 98 como se ha dicho, sino del 27. Cuando Hitler quería ocupar Canarias, Franco acudió a Mussolini para disuadirle/ Durante años hubo en Madrid una misa por Mussolini, en la que se cantaba Giovinezza / Los militares africanistas no entendían la Falange y soñaban con su asonada decimonónica de toda la vida.Se reunían en La Ballena Alegre, café dentro de un café / Todos, en la derecha y en la izquierda, iban de mono obrero, lo mismo Lorca que Giménez Caballero / La Gaceta Literaria, del 27 a Ledesma Ramos / La revista de Alberti: El mono azul / Dionisio Ridruejo: "Giménez Caballero es el primer fascista español" / Del parlamentarismo cuco de Romanones a la grandiosidad de cartón de: Mussolini / JA Primo de Rivera no hizo otra cosa que añorar el cirujano de hierro que podía haber sido su padre / En el Cara al sol hay algunos versos buenos / El fascismo español se entendía con Mussolini y, mucho menos, con Hitler / El estilismo de JA no toma tanto del 98 como se ha dicho, sino del 27. Cuando Hitler quería ocupar Canarias, Franco acudió a Mussolini para disuadirle/ Durante años hubo en Madrid una misa por Mussolini, en la que se cantaba Giovinezza / Los militares africanistas no entendían la Falange y soñaban con su asonada decimonónica de toda la vida.
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Se reunían en La Ballena Alegre, café dentro de un café (1), eran todos poetas (quiere decirse que no tenían pituitaria histórica), pero asimismo eran señoritos (2), de modo que, al inicio de los sombríos treinta, se orientaron hacia el fascismo, que parecía una opción tan porvenirista como el comunismo. Era la época de los monos. Giménez Caballero tenía un mono para trabajar en su pequeña imprenta, mono con texturas de grasa, que tiraba libros de poesía y La Gaceta Literaria. Del otro lado (que aún no era el otro lado), García Lorca tenía un mono para dirigir el bululá La Barraca (subvencionado, como las vanguardias de hoy), y llevar a Lope por los pueblos de España. La revista que hicieron en la guerra Alberti y María Teresa León, revista ya combatiente de lleno, como es lógico, se llamaba El mono azul (3). Estaba cercana la Revolución de Octubre y el proletarismo pregnaba, siquiera atuendariamente, a la izquierda y a la derecha. Dionisio Ridruejo, que estuvo en todo el melocotón, ha designado a Giménez Caballero como "creador del fascismo español", y doy este título porque no creo que al destinatario le aflija, sino más bien que le honre y corrobore (aparte que ya lo conoce, claro). Cuando Giménez Caballero le pasa los trastos de matar de su Gaceta, sutilmente, a Ramiro Ledesma Ramos, ya se ve que los señoritos infraultraístas van a ser fascistas. Giménez Caballero había querido ser como Gómez de la Serna, pero no era, y cuando un escritor fracasa, si tiene temperamento, se convierte en un iconoclasta de derechas. Eugenio Montes, aún dubitativo, escribió ultraísmo mientras olas de la mar de la Historia le llevaban o traían: "Los árboles nos contemplan con las manos en los bolsillos". Casona había escrito que Los árboles mueren de pie. Eran una generación que, a derecha o izquierda, no dejaban en paz a los árboles. Sólo Azaña se quejaba, fácticamente, de lo mal que se podaban los árboles de Alcalá de Henares.
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- Y cuando a un árbol consiguen matarlo, lo sustituyen por una acacia de bola, que es una vulgaridad.
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Entre la Revolución soviética y el parlamentarismo caduco, aquellos jóvenes animosos habían encontrado una tercera solución: Mussolini, o sea, la revolución desde arriba. Una verdadera coña. José Antonio Primo de Rivera, aunque se limite a una defensa intelectual/sentimental de su padre, que había sido un dictador/cirujano, pero no de hierro, sueña con el hombre que regenere España mediante la autoridad, mientras la gallofa de poetas que le rodea va escribiendo los versos del Cara al sol, entre los que hay alguno bueno. Incluso José Antonio metió algún verso en el himno. Se reunían todas las noches en La Ballena Alegre y algunos sótanos frívolos de la Gran Vía, y luego hacían pistolerismo elegante por Madrid. Se ha dicho que JA Primo de Rivera recibía dinero de Mussolini. El dato me da igual. La tesis explícita de esta entrega sobre el prefalangismo o fascismo español es que la influencia viene mucho más de Italia, lógicamente, que de Alemania. Fascio, haz. José Antonio lo sustituye por Falange, que era otra manera romana de agrupar a los guerreros. El Imperio se les había metido en el alma. Cuando JA dice que "el destino de las urnas es romperlas", está mostrándose tan violento como Ledesma Ramos, pero menos científico. Se ha insistido mucho en un JA nicotinado por los pensadores españoles del siglo, del 98 a la Revista de Occidente. Hay fascismo previo e inocente, sí, en el casticismo de Unamuno, y no tan previo ni tan inocente, aunque más lírico, en Azorín. Pero las influencias literarias de JA -y esto no lo han dicho nunca los críticos, que raramente dicen nada que lo valga- están en el 27. JA: "Tendamos nuestras miradas como líneas sin peso y sin medida hacia el ámbito puro donde cantan los números su canción exacta". Jorge Guillén. Un Guillén "aplicado". Y eso que Guillén había dicho, a propósito de Valle-Inclán: "El problema de España, qué pesadez. ¿Por qué no dedicarse íntegra y felizmente a ser españoles?". Pero a Guillén le cortaron el pelo al cero, le dieron un litro de ricino y luego le metieron en "cocheras", que era donde guardábamos los tranvías los vallisoletanos, y donde guardaba "rojos" la Falange agraria del caudillo Onésimo Redondo. De quien tiene influencia JA es del 27, y no de Ortega, como se ha dicho sin ningún gusto literario. El 27, además, es lo que le corresponde generacionalmente. "La tierra absoluta y el cielo absoluto". Más Guillén. Suena a "todo en el aire es pájaro". Lo que pasa es que la gente había leído a Ortega y no al 27, porque la poesía se lee poco y, además, no se entiende. Si algo nos permite elucidar hoy aproximativamente qué fue el prefalangismo (con datos confirmados por el falangismo tardío), es, por ejemplo, la aproximación latina a Mussolini. Los señoritos madrileños podían entender bien a Mussolini y sus epifanías. El racismo bárbaro, ateo, difícil y estricto de Hitler les quedaba como más lejos. Estuvieron algunos en la famosa Olimpiada nazi, y volvieron contando que aquella escenografía dejaba nuestras paradas fascistas en una cosa de chicos que juegan a soldados en el recreo. Mussolini, que procedía del socialismo, que tuvo precursores y glosadores como D'Annunzio, Eleonora Duse, Marinetti y Malaparte, era como un César romano que despertaba muchas reminiscencias escolares en nuestros pre/post/falangistas. En plena guerra mundial, cuando Ribentropp amagó con ocupar Canarias como base alemana, el Gobierno español acudió a Mussolini, para evitarlo, como mediador ante Hitler.
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Con Hitler no había manera de entenderse directamente. Siempre se producía un equívoco ferroviario en la conversación, como el de Hendaya. Mussolini era un Hitler asequible y un modelo a seguir, siempre que se ignorase que sus legiones tenían las botas de cartón (Carlo Cassola) y que la lucha contra el. Negus era tan desproporcionada que producía risa antes que indignación. El citado Montes, Foxá, Ledesma, Sánchez-Mazas, Giménez-Caballero, Ridruejo, estuvieron en torno de aquel JA fundacional, siempre con abrigo de cuello subido, que quizá creía sinceramente haber encontrado una alternativa al comunismo y el parlamentarismo redicho y cuco de Romanones: el fascismo. (Hasta hubo una revista del SEU que se llamó Haz.) El Cara al sol es un himno de buena prosa en verso, superior al Giovinezza italiano que se tocaba en una parroquia de Madrid todos los años, en el aniversario de la muerte del Duce, quien, como se sabe, fue colgado de un farol por los pies. Su último diálogo, cruento, lo tuvo con el pueblo italiano con la cabeza del revés. La apelación posterior, histórica, reiterada, durante la guerra mundial, del franco/falangismo a la intercesión de Mussolini (para qué volver sobre el diálogo de mudos Franco/ Hitler, en Hendaya) no hace sino corroborar la clara adscripción del falangismo y prefalangismo español al fascismo italiano. Sólo que Mussolini había marcado a su pueblo metas ultramarinas, aunque cercanas (ltalo Balbo fue el virrey africano del fascismo), y los falangistas españoles se limitaban a escribir con almagre en los muros de la Patria mía: "Gibraltar español". Y esto en voz baja, porque tampoco convenía complicarle las cosas al César Visionario más complicadas de lo que las tenía ya.
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Los prefalangistas creían que iban a arreglar el mundo con su épica de líricos. La estrategia verbal de JA consistía en tomar el lenguaje de las vanguardias (27 y no Ortega) para darle a lo suyo un aspecto de cosa nueva. En cuanto a su estrategia fáctica, ya se vio en seguida que era un gangsterismo de señoritos enardecidos por la evidencia de sentirse minoría en peligro. (Siempre que estamos en peligro, nos sentimos justificados.) Eugenio Montes (y pongo este ejemplo como podría poner otros) había asistido a todos los ateneos cafeteriles y a todos los cafés ateneísticos de Madrid, a las tertulias de Valle-Inclán y Manuel Azaña. Y como él los demás. No cabe decir que eligieran el. fascismo por equivocación en el poseidón de los tiempos. Las cosas se decían muy claras en las tertulias. Azaña denegó muy firme una invitación de Mussolini. Se equivocaba el que quería equivocarse. JA es un Hamlet jerezano y de derechas que opta por la acción. El padre de Hamlet, a quien ya hemos identificado aquí con el cirujano de hierro, a otros efectos, era su propio padre. JA quería, no abolir o disculpar la memoria del dictador, sino mejor intensificar su gestión también mediante el hierro, pero un hierro colado de culturas floreadas o un hierro forjado de tradición cruenta y española. La minerva de Giménez Caballero seguía trabajando día y noche, como el motorcito abnegado y obstinado de la contrarrevolución, al servicio de muchas de las cosas que por entonces imprimían y diseminaban los prefalangistas. Aquella minerva fue, sí, el motor del naciente fascismo español. Pero los militares levantiscos no querían movimientos paralelos y hasta la Falange les parecía una cosa de "izquierdas". Los militares africanistas querían su pronunciamiento decimonónico de toda la vida, frustrado en Sanjurjo y más posible ahora. JA murió haciendo literatura tópica de la época. Era un epígono desviado del 27.
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1. El Lyon, en Alcalá.
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2. Una hija de Sánchez Mazas ha contado cómo el grupo fundacional estuvo toda una tarde y una noche, en su casa, decidiendo si se sumaban a la derecha o a la izquierda. Parece que se impuso el criterio del "señoritismo jerezano".
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3. El mono azul fue asimismo el título de una obra del novelista sevillano Aquilino Duque sobre la guerra civil.
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Publicado en Memorias de un hijo del siglo ("El País", 9 de septiembre de 1985)

domingo, abril 27, 2008

Calder, Arp, Dalí

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Calder es un esnob porque es un adelantado. En la obra de Jean Arp hay más esnobismo que creación. No hay un Dalí sino muchos y el mejor no es precisamente el más divulgado sino el que más le perjudica.
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Dentro de ese juego casi astral de las expresiones poéticas de la vanguardia, Calder es el que da el gran paso en el vacío para llevarnos un poco más lejos. Calder no trabaja sólo con la madera o el hilo de acero, sino que trabaja con el aire, que en este caso es el escultor constante de la nada, el que sigue creando formas y galaxias cuando ya el artista ha dejado la obra en paz.

Las artes plásticas del siglo XX lo habían hecho ya todo, pero Calder es un esnob porque es un adelantado. Esa pisada suya en las hectáreas de la nada es la que verdaderamente abre el mundo a las rutas del hombre. Un móvil de Calder equivale a un móvil de Miró, sólo que Miró se está quieto y la movilidad tenemos que imaginarla nosotros como un elemento más del cuadro. Calder deja temblando en el aire, colgando de invisibles hilos de oro y acero, las bellas y anónimas piezas de sus esculturas. Quizá una hoja volandera, unas pisadas humanas, una prenda femenina. La velocidad de la nada, la prisa lenta de la luz, la movilidad armoniosa y tranquila de un móvil de Calder convierten al aire en escultor incesante que va creando y recreando universos con su mano de brisa y su viaje por entre las constelaciones.

Calder crea esa constelación lineal y luego se retira, se abstiene, deja que un viento sin puertas trabaje en las combinaciones continuas de hueco y volumen que es una obra suya. Calder ha colonizado el vacío. En el mundo ha tenido muchos discípulos y quizá el más notable sea el español Ferrán, del que hay una interesante obra en un café de Madrid.

Jean Arp juega con sus objetos colocados según las leyes del azar hacia 1926 y en su obra hay más esnobismo que creación, mucha llamada a la atención del espectador y un surrealismo poético que no acaba de ser una cosa ni otra.

Salvador Dalí lleva varios estudios en estas páginas y de la variedad de sus creaciones podemos deducir que no hay un Dalí sino muchos y el mejor no es precisamente el más divulgado sino el que más le perjudica. En su “Monumento imperial a la mujer niña”, Salvador Dalí, sin olvidar sus maneras, se extrema en un barroquismo tan antiguo como el propio Barroco. En otros cuadros nos da el temblor pálido de la muerte, su maestría en la perspectiva y un tratamiento de los colores blancos o emblanquecidos que vienen a expresar eso, lo inexpresable, la muerte. Hay otros intentos surrealistas donde Dalí, gran esnob, convierte un gato en un teléfono y se aproxima peligrosamente al mal gusto de algunos excesos del surrealismo.

“Muchacha en la ventana” nos devuelve a un realismo finisecular y galdosiano, casi doméstico, cuando sabemos que la muchacha es la hermana del pintor. Tanta calidad de realismo, tanta calidad de mazapán en las carnes de la moza, no son sino una burla, la que Dalí hizo siempre, del realismo académico. En toda su obra de esta calidad Dalí ejercita al mismo tiempo la maestría del realismo y la burla de esa escuela que quiere sustituir a la realidad. La ironía de este realismo intencional lo aleja ya de todo propósito fotográfico, dándonos una pieza degustativa y demasiado verdadera, como esa vela y ese caladero que vemos al fondo.

Quiero recordar un cuadro famoso, “El gran masturbador”, famoso por el tema y debido enteramente al surrealismo barroco. Hay un hombre dormido que imagina mujeres desnudas y deshechas por la propia levedad espesa con que trabaja el pintor. Hay múltiples alegorías del sexo, montes de Venus en lontananza y una cabeza de mujer bella y convencional. En general, se trata de un cuadro donde la ambición de propósitos e imaginaciones abruma un poco la inventiva del pintor.

Dalí, como Picasso, quiso hacerlo todo, pero Picasso contaba con una herramienta múltiple y capaz y una personalidad más definida que la de Dalí siempre derrumbante hacia el esnobismo no sólo en el tema pero también en la materia.
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Publicado en El Cultural de "El Mundo" (15 de mayo de 2003)

sábado, abril 19, 2008

Un diccionario

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Eduardo Haro Tecglen publica un diccionario político en Planeta. Haro, después de haber ejercido toda su vida de escritor frío, objetivo, imparcial (esa impecable coartada de la imparcialidad), analítico, desapasionado y sin nervios (no los tiene), ha entrado últimamente en una etapa de egotismo, en un feliz y amargo descubrimiento del Yo, hasta el punto de que incluso de una cosa tan técnica como un diccionario llega a hacer una confesión general, siempre con el laconismo civil de su estilo, eso sí.
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La cosa suele ser al contrario. La gente amanece a la literatura y la vida borracha de Yo, para más tarde, en la madurez, refugiarse en la caución de lo general, «lo objetivo», lo altruistamente imparcial, la mentira digna de la ecuanimidad. El proceso inverso de Haro, pues, nos manifiesta la singularidad de este escritor, de este hombre, nos explica bien un estado de madurez más racional (o al menos razonable) que el común. Haro comulga hoy con Montaigne: «Sabedlo, pues, yo mismo soy la materia de mi libro». Aunque su libro sea un diccionario. Ya en el prólogo, Haro se muestra como el «ser de lejanías» de Heidegger, si bien no habla de eso, como «pastor del ser», y atiende mucho a razones personales, aunque diga que todo ello no es sino coquetería del escritor. En un segundo prólogo, que fue el primero (el libro tiene como base un diccionario anterior, del 74), amagaba ya el escritor subjetivo, sobriamente intimista, que confunde voluntaria, gozosa y dolorosamente su destino personal con la historia del siglo, o a la inversa.
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Por eso me parece que tiene poco sentido eso de definir al Haro actual como «momia» (aparte bromas o cuchilladas políticas), pues que Haro está más vivo y latiente que nunca, desembalsamado ya de aquella farsa que fue la objetividad dialéctica robada a Hegel y mal aplicada (no por Haro, sino por la mística del siglo). Así, entre las voces políticas que estudia, se permite introducir la voz «adoquín» (sirve para tirárselo a los guardias). Politiza el adoquín y lo que haga falta, siempre desde una ironía tersa que jamás hace muecas. Jugando al altruismo científico de los grandes diccionarios, lo que nos da Haro en este hermoso libro en clave es su autobiografía política, desde la ortodoxia roja a la transvaloración de todos los valores que trae consigo el milenio y que a él le atraviesa el corazón como un alambre, porque siempre tuvo un corazón político, histórico, civil, corazón que ahora reparte en fichas y voces técnicas, como un queso en porciones, para que sepamos su verdad, por la que llega a ser «el gran señor latente que nunca llega a ser», como escribiera Mallarmé de Hamlet, más o menos. El Haro íntimo que hemos conocido, y que nunca se transparentaba en su prosa, es hoy el escritor absoluto, el judío errante, el rojo (ahora sí que sí) «de la raza de los acusados», como dijera Cocteau a otros afectos, o quizá a los mismos. Las altas ideas del siglo decaen y se deflagran, como vemos y vivimos, y Haro con ellas, pues que para ellas ha vivido. Este diccionario es una autobiografía.
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El mejor Haro, el más vivo y sufriente, el que todavía sigue huyendo (ahora de nada), como le saco en alguna novela mía, con un par de dobermans por delante, es el escritor político a quien el fracaso histórico le ha humanizado, le ha arrancado el pudor, de modo que su ironía lacónica, su convicción honesta y vencida, su prosa y su conducta se desnivelan ya hacia la abdicación (jamás), con elegante rechazo de la autocompasión. Este judiazo magistral y triste se hace soluble en un diccionario que es la autobiografía del siglo XX. Extraño e inagotable libro. Extraño e inagotable escritor y ¿amigo?.
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Publicado en Los placeres y los días ("El Mundo", 24 de marzo de 1995)

domingo, abril 13, 2008

Las progres

Las progres -apócope de progresista- de los 60/70, eran el cruce de la española/española, con su tipo de manola, y la marxista de oídas. El apelativo progrellegó a tener algo peyorativo, pero en mi argot personal nunca lo tuvo. Una buhardilla por la Fuente del Berro, unos cuantos cursos aprobados de Económicas, un póster del Ché, Rayuela (1) de Cortázar y los discos de Serrat, mayormente La tieta: ya teníamos una progre (2). Chumy Chúmez me dio la definición precisa y científica de la progre:
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- Mira, Umbral, es la que, mientras se desnuda, te pregunta: "¿cómo va lo de Portugal?".
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Obviamente, la revolución de los claveles estaba en su perihelio. Se peinaban de pelo tirante o de melena afro. Vestían suéters o camisas, mucha lana y pana en verano. Pana e incluso napa, que nunca he sabido lo que es, salvo la inversión de una palabra. Nada de esto les quitaba encanto, sino que se lo añadía. Vivían como en un monacato de izquierdas que incluía, también o principalmente, lo ético:
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- El fundamento de la pareja es la transparencia. Me lo tienes que contar todo.
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No habían descubierto aún el hedonismo marcusiano del cuerpo como instrumento de placer, más que de trabajo, ni El cuerpo del amor, de Norman Brown, ni El nacimiento de una contracultura, de Paul Goodman. Eran las hijas apócrifas de los perdedores de la guerra, porque sus padres reales y oficiales solían ser delegados de Abastecimientos y Transportes en provincias. Vivían, mayormente, una vez acabada la carrera, de las clases, de las traducciones o del cine. Una mujer, en el cine, siempre sirve para algo. Incluso para actriz, en último término.
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Las actrices progres habían decidido desnudarse mucho en las películas, recreándose en la suerte, proque un seno joven, entonces, era una enmienda a la totalidad de las Leyes Fundamentales del Movimiento. Luego, cuando el desnudo, con la liberté, se hizo comercial y reaccionario, decidieron abrocharse hasta la barbilla.
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En este país tan politizado, la mujer siempre se ha desnudado políticamente y por turno. Unas veces les toca a las de derechas y otras veces a las de izquierdas. El caso es que se vayan desnudando todas y podamos pasarle revista al material. Sólo las últimas generaciones -Blanca Marsillach y sucesoras- han accedido a un desnudo natural, ni comercial ni erótico, que es el que se está imponiendo.
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La progre había renunciado al matrimonio por alienante, y si, muchas veces, prefería relación con hombres casados, era por conculcar a fondo este sacramento social y sacramental. Pero la progre no era exactamente la feminista. La progre se regía aún por la lucha de clases, y no por la lucha de sexos. Marxista oficial o compañera de viaje, a la progre la explica la conciencia social, de la que la conciencia sexual sólo era un aspecto más. En esto era más lúcida que la feminista.
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Dicen los nuevos filósofos franceses que el materialismo histórico es grosero porque no considera, por ejemplo, el impulso snob de la sociedad. El snob, en puridad, no desea nada, desea la Nada. Pero se trata de una nada materializada en cosas y que ejerce su imperio sobre las cosas. Llamar al deseo del snob metafísico nos parece excesivo. Ya sabemos que la humanidad tiene un fondo de insatisfacción perpetuo (que viene de la muerte, claro), pero esto ni se comenta, por obvio. Se comenta el devenir histórico, y en eso estaban las progres metidas hasta la matriz. Lo dijo la Masielona, que era entonces una musa progre, en una entrevista:
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- Ya tengo leídos "El primer y el segundo sexo", de Simone de Beavoir.
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Progres, naturalmente, eran las estudiantes y profesoras de la burguesía media. Las obreras eran obreras, y nada más. Pero la revolución, en todos los países, y no sólo la Francesa, la ha hecho la clase media (3). Todos, en la España entre aquellas dos décadas, verdaderamente entrañable, tuvimos una novia progre, o varias.
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Yo llegué a escribir, incluso, por encargo de Ignacio Camuñas o uno de sus infectos sicarios editoriales, mi Carta abierta a una chica progre, que funcionó bastante, y que siempre he sospechado que Camuñas no me satisfizo en todos sus rendimientos económicos, aunque tampoco podían esperarse muchas ventas de un editor que no creía en los libros, como me dijo una vez en su chalet editorial de López de Hoyos, con enredadera en la fachada:
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- El libro es a la televisión lo que la carreta al jet.
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Comprendí que no se podían esperar muchos beneficios de un editor que no creía nada en su propia mercancía. Quizás había puesto una editorial como un escaño más de su ascensión política, que tampoco fue irresistible, por otra parte. Lo que más explica a la progre es la comparación a posteriori con la acratilla que ha venido después.
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La progre se había limitado a darle la vuelta a la idea de fidelidad y monogamia/monoandria de las monjas, aplicando este principio, ahora, en nombre de una religión laica. En cuanto a la progre/ promiscua, exigía nuestra transparencia absoluta, en bien de la higiene de la pareja. Esto no le atormentaba a uno demasiado, dado como es uno a exhibir y comentar. Lo terrible es que la progre se obstinaba en ser asimismo transparente como uno, siempre por la higiene ética de la pareja, y había que soportar todas las tardes vodeviles de izquierdas que no nos interesaban en absoluto, y que le quitaban tiempo a nuestro tiempo. Si íbamos a una orgía donde todo el mundo se desnudaba, a la progre le entraba la mala conciencia de estar vestida:
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- Estamos disfrutando, siquiera con la vista, de los cuerpos de toda esta gente, mientras les hurtamos nuestros cuerpos. ¿No crees que debiera quitarme el sostén por ética?
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- Ahora mismo nos lo quitamos todo y nos quedamos en bolas, amor. Lo contrario sería egoísmo burgués.
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Las progres fueron nuestras teresianas de izquierdas. Se acostaban con facilidad, pero sin hábilidad/labilidad. Querían siempre lo mismo. No tenían educación sexual -la fuerza de los tiempos (tampoco nosotros la teníamos)- y, por otra parte, funcionaba en ellas, ya digo, la teresiana roja que creía en el orgasmo unánime, eucarístico, maratoniano.
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Las pequeñitas de la última generación, reforzadas de alucine y chupar candados, las han dejado en unas madres teresianas, insisto. Con las progres pudimos tener unos amores castos de izquierdas, porque la izquierda ha sido siempre mucho más casta que la derecha, en España, ya desde la Institución Libre de Enseñanza. Algunas progres, más o menos, hacían las mismas cosas que las acratillas de hoy. Lo que pasa es que las progres se buscaban coartadas éticas para todo (he aquí su profundo teresianismo), mientras que las acratillas pasan mucho de coartadas y justificaciones. Con ellas hemos dado el salto hacia la gratuidad. La progre tiene el interés sociológico de toda figura de transición.
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La progre ya no es su madre, pero está muy lejos de lo que será su hija. Se ha limitado a cambiar una moral de derechas por una moral de izquierdas. La acratilla no conoce otra moral que la libertad suya y de los demás (y no hay que confundir esto con el egoísmo, porque es todo lo contrario).
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Las progres, ya se ha dicho, practicaban la moral de la sinceridad (paralela a la moral católica de la hipocresía). Sus hermanas menores, las acratillas, practican la inmoralidad de la ocultación de las fuentes y el derecho a la propia vida. No hay que dar cuentas a nadie.
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De adolescentes tuvimos una novia de derechas. De jóvenes tuvimos una novia progre, o varias. De maduros tenemos algunos amores imposibles y ácratas. La ácrata, si es sincera, se busca la vida y sigue su rollo. Si es de mentira, al llegar a los 23 se abarragana y a vivir. Su pecado es la droga y su virtud la libertad. El pecado de las progres era la hipocresía de izquierdas: ajustar la ética a los hechos, más que los hechos a la ética. Unas y otras parecen muy firmes en conjunto, pero se traicionan a sí mismas en privado. Unas y otras tienen su mejor momento cuando se levantan desnudas, después del amor, a buscar tabaco a la cocina.
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(1. Rayuela fue desplazada por El siglo de las luces, de Carpentier, que así pasa la gloria entre los jóvenes. 2. Serrat, asimismo, era sustituido por Raimon entre los más radicalizados. 3. Las revoluciones de derechas o contrarrevolucionanes (fascismo) también las hace la clase media, que es la que más se mueve en la Historia).
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Publicado en "El País" (17 de frebrero de 1986)

viernes, abril 04, 2008

Una entrevista a CJC de antes del Nobel


Cela, Camilo José Cela, la letra gorda sobre el papel muy blanco, nuestro parvulario novelístico, nuestra cartilla de adolescentes provincianos, la fulguración de una prosa negra y roja, violenta, sobre la calle nuestros corrales interiores, CJC, catón y capicúa de los niños de la guerra/ postguerra, este hombre alto y gris que me espera erguido en la escalera frambuesa, había estallado la paz y el castellano en su prosa redonda y guerrillera, había que ser escritores, somos escritores y nos abrazamos en la escalera del hotel.

Ciento quince kilos de escritor, ciento quince kilos de amigo, ciento quince kilos de. maestro, ciento quince kilos de tiempo, camaradería, vida y obra.. Multitud de hombre solo que el tiempo coge a peso, que pesa en nuestro tiempo. "Pues ahora he perdido quince kilos, pero tengo que quedarme en noventa". Cien kilos justos de Historia literaria bajan a mi lado hacia el comedor, casi como cien años de Historia de España. Cela con sus años/kilos y uno afiebrado de literatura, como entonces, buscando/esperando sus metáforas atroces en redondilla, o en el contrabajo impertinente de su voz. Habrá que entrarle:

- Camilo, llevas treinta años en Mallorca, eres ya un señor de provincias. Cuando vienes solo a Madrid, como ahora, ¿traes el complejo de cana-al-aire?

- En absoluto. Putas hay en todas partes. Y por aquí, en torno del hotel, veo travestistas. El travestista no es siempre el homosexual. Travestista es el aficionado a vestirse según el sexo contrario. Napoleón lo era.

- ¿Por qué dices travestista y no travestí?

- Porque travestí es francés.

Al camarero le pide media docena de ostras. Yo pido una docena.

- Bueno, pues, entonces, a mí póngame nueve, que me da envidia aquí del señor -dice Camilo. Pero de lo que más tira es de los espárragos verdes.

- ¿Estás a régimen, Camilo, en eso hemos parado?

- Perdón, soy el único ciudadano de este país que no tiene colesterol.

- Camilo, eras el nieto del 98, y ahora te vistes como un notario.

Sonríe con su media sonrisa partida por la vida, el toro o la Legión. Evita siempre reír.

- Como sabes, Paco, yo llevé la primera barba contestataria de España. Luego, cuando empezaron a dejarse barba los funcionarios de la Caja Postal de Ahorros, comprendí que ya no valía la pena.

Cela, Camilo José Cela, la letra gorda sobre el papel muy duro, nuestro abecedario de postguerra, nuestro colegio maldito, colegio de un solo hombre, de un solo libro que era aula y texto al mismo tiempo.

- Camilo, tienes las patillas blancas y largas, como yo, pero te las peinas hacia abajo, y quedan lacias. Hay que peinárselas para atrás.

- Ah, coño, pues tienes razón.

Y se peina las patillas hacia la oreja, alborotadas, mejora su imagen con los dedos. El prosista cimarrón y lírico de nuestra adolescencia impaciente como la sangre. El abuelo violento a quien ahora le explico la estética de las patillas, toda la ética de la madurez. La fulguración de una escritura oscura y azul, clara y negra, nítida contra el blancoespaña de nuestros toriles escolares. "Otro libro". "Estoy pensando en una novela de la Galicia exterior". "Época". "Digamos que hace un siglo". Digamos que hace cien kilos de tiempo, cien años de Cela, que comienza a ser intemporal.

-Las colaboraciones.

-Ahora no mantengo más que la de EL PAIS y una de la agencia Efe.

Pero no buscábamos nosotros, cuando entonces, el Cela articulista/ensayista, sino el poeta en prosa chorreante de leguas, contenida de látigo y de flor.

- Además de la literatura, Camilo, yo diría que te tienta la política.

- Los gallegos somos un pueblo político. Claro que no iba a ser uno consejero nacional del Movimiento. Fui senador con la Corona, me gustó serlo, y me parece un error que quitasen aquello. Ya es bonito haber ayudado a hacer una Constitución.

Habían estallado la paz y el castellano en su prosa redonda y guerrillera, no sabíamos que aquella caligrafía canalla, aquella tipografía a traición, dura, alta y musical como un soneto de Shakespeare, iba a estilizarse hasta la letra inglesa de una Constitución. Pero así fue.

- Mira, Paco, Latinoamérica, como dicen los cursis, nos ha dado una lección nombrando siempre embajadores a sus grandes intelectuales, de Rubén a Neruda. Y por méritos literarios y no políticos. También Europa. De Gaulle le hace a Malraux ministro de Cultura. Aquí no nos han llamado a ti, ni a mí, ni a nadie para esas cosas.

- Llevas unos gemelos muy pequeños, Camilo. Parecen tachuelas sobredoradas.

- No entiendes nada. No son sobredorados. Son de oro.

- En todo caso, pequeños para un hombre de cien kilos.

- Bueno, pues ahora que voy a Roma a dar una conferencia, al pasar por Palma cogeré unos más grandes.

Está un poco serio, Cela, aunque no tenga colesterol. Le preocupa la cosa pública y, sobre todo, el que no se corrijan cosas que serían fáciles de corregir. "Por ejemplo, la delincuencia callejera, que crea una alarma superior a su peligro real. Yo, no hace mucho, fui objeto de un atraco en Barcelona, cuando iba a pie, hacia el Ritz, a dormir. Uno tarda en darse cuenta de que le están atracando. Y, de pronto, los dos individuos dijeron: "Perdone usted, don Camilo, no le habíamos reconocido". Y echaron a correr. Yo iba a correr también, tras ellos, para darles mil pesetas, pero no los alcancé.

Una prosa que tenía pólvora y hoy se va salvando del colesterol. Empezó de campanillero por los pueblos de España y luego le ha metido lozanía a los mármoles oficiales. Pascual Duarte no iba para ministro y el joven Camilo era algo putañero:

- Vuestra generación, Camilo, fuisteis muy putañeros.

- Es cierto, en el San Camilo queda claro. Pero la puta era nuestro Freud. Íbamos a ella a confesamos, a psicoanalizamos.

- ¿Y escuchaban de verdad?

- Claro, coño, escuchaban mejor que nadie, para eso las pagábamos.

Se ha quitado kilos y se ha quitado años. O a la inversa. He aquí un clásico pálido, enérgico y preocupado. Todos los Camilos de la biografía/bibliografía de Camilo acuden a su rostro de navajero bueno de la literatura, a su voz de beneficiado profundo de la gran catedral literaria. El tremendista, el vagabundo, el mítico, el lírico, el épico. Cien kilos de escritor, cien kilos de amigo, cien kilos de maestro, cien kilos de tiempo, compañía, vida y obra. Multitud de hombre solo que la hora coge a peso, cuando le aligera el vinillo suave que está bebiendo. Cien kilos justos de historia literaria, como el ancho y profundo hospital humano de las izas, rabizas y colipoterras hurgamanderas y putarazanas, cien años de intrahistoria de España con sus curas cabreados, sus guardias adormecidos, sus tontos meados y sus ciegos iluminados por la luz loca de España, que ve y veía por ellos. "Claro, coño, escuchaban mejor que nadie. Para eso las pagábamos". Después de los sesenta años, a lo mejor resulta que se ha dejado uno la vida en una puta y el talento en una página.

- Verás, Paco, yo se lo dije a Arias Salgado cuando me prohibió La colmena: "Nadie es capaz de recitar cinco ministros del XIX. En cambio, los escritores nos los sabemos a todos. Dentro de cien años, a usted le confundirán con Arias.Navarro, pero yo estaré en los sellos de correos.

- Qué manía con los sellos de correos. Lo has dicho también en la conferencia del otro día.

- Es inevitable, Paco, acabaremos en los sellos de correos.

- ¿Y los billetes? A mí también me gustaría salir en los billetes del Banco de España, Camilo.

- Los billetes, naturalmente. Ahora hay uno de quinientas, con Rosalía. Yo, siempre que me toca, lo rompo. No me gusta que anden manoseando a la gente que quiero. En cuanto a los sellos, ¿te has fijado que sólo sacan escritores pobres? Don Juan Valera, que era rico, no sale nunca. Yo estoy en un sello de Bulgaria. O sea, que la partida histórica la tengo ganada. La partida política no la he jugado.

Cela con sus años/kilos, y uno, afiebrado de literatura, como cuando entonces, qué cosa el tiempo, buscando/esperando sus metáforas atroces en redondilla o en el pozo elocuente de su voz, adonde parece que se ha caído un hombrón. Herido de amor, herido. No. Herido de amor huido. No. Herido en el costado político, el "anarquista de derechas", que dijo Albérés. "¿Por qué llevas zapatos de cordones, todavía?". "Nunca he llevado mocasines. A mí me son cómodos los cordones". El gallego que se anudó los cordones en La Coruña y vino a Madrid para enseñar a escribir a un régimen ágrafo. El gallego que se anudó los cordones en Palma de Mallorca y se vino a Madrid a jugar la partida política, y ni la perdió ni la ganó. Cordones provincianos de señorito de Coruña.

- Los cuarenta.

- Yo salí con aquello y se armó. Hoy escribiría el Pascual Duarte con más oficio, pero con menos lozanía. Luego, Delibes y Carmen Laforet. En esto hay que tener una voz propia, Paco, siempre te lo he dicho. Tú tienes una voz propia. Hay que ser animal literario, y si no, es mejor no andar mareando. Animales literarios son Baroja, Azorín, Valle, Ruano. Luego están los que suenan a lo que han leído y nada más.

- ¿Y esa escuela anglosajonizante, fría, sosa, distante, que renuncia a las fuerzas del castellano (quizá porque no las tiene), y quiere parecer inglesa o así y resulta como traducida?

- Allá ellos. Hay que dejar que se descuernen solos.

- Tú te echas la siesta, Camilo.

- Yo no me echo la siesta, coño. Vamos al bar.

Uno piensa que alguien, algo, se está olvidando/equivocando un poco con Cela. Pero Camilo es hombre que no se queja. "Nuestra venganza, Paco, es seguir escribiendo y ser nosotros. Tú y yo somos mucho más famosos que Baroja. Yo he ido con don Pío por Madrid y apenas le saludaba una persona. A nosotros no nos dejan andar por la calle. Todo son autógrafos. Y esto se debe, naturalmente, a la propaganda, a la publicidad, a los medios de difusión que tenemos hoy".

- Las mujeres.

- Yo, Paco, procuro dejarlas bien colocadas. Y me parece que tú también. Yo les pongo una lotería o un estanco.

- Te has confesado poco en tus libros.

- Quizá no he hecho otra cosa que confesarme. En la Mazurca hay varios personajes que son mi contrafigura.

- ¿Por qué no has seguido con las Memorias? El primer tomo, La rosa, era un libro que estaba muy bien.

- Ahora, a lo mejor, me voy a confesar más.

- La verdad, Camilo: ¿todavía lees?

- Cada vez menos. A medida que pasan los años, leo menos y escribo más. En la juventud no hacía otra cosa que leer. Pero claro que leo. Leo a los clásicos, el primero a Quevedo, y algo a Cervantes. A los modernos sólo los leo si vienen recomendados.

- El 27.

- Me parece que el país empieza a estar hasta los cojones del 27. No creo en las generaciones. El 98 y el 27, que son las ortodoxas, me parecen dos inventos.

Cela, Camilo José Cela, la letra dura y bella sobre la cal del parvulario rebelde, sobre el papel duro y moreno, sobre nuestra cartilla provinciana, adolescente y literaria. La que lió. "Juan Ramón/Machado". "Juan Ramón era un poco mezquino. Machado era otra cosa como hombre. Ahí están su vida y su muerte. Y el Platero es impresentable". "No te gustan los poetas en la prosa". "Los poetas en la prosa son un desastre. La prosa exige mucho más oído que la poesía. La prosa no tiene salvación si no es muy buena". "Pero tú sigues haciendo poemas, Camilo". "Sí, de vez en cuando. Y los publico en revistitas que nadie lee". Tuvo una temporada en que parecía como obsesionado con eso de la edad. Incluso inició una sección titulada Píldoras desde la tercera edad.

- Era irónico, claro. Eso de la tercera edad es una pijada. Es mucho más noble decir vejez. Aparte de que las cosas se nombran por una palabra y no por un concepto. "Tercera edad" ya es un concepto, y no vale.

- ¿Te preocupa envejecer?

- No, en absoluto, eso da igual.

Y pone la voz de las grandes seguridades. Le conocí mediados los sesenta y me publicó tres libros de un golpe. Me lo presentó José García Nieto. Era el último escritor con osatura de escritor. Andaba por casa en bolas, ya con panza, y así abría la puerta a las monjitas de la caridad. "No sé por qué huían; yo iba a darles". Una amistad de visitas a su piso sombrío de Ríos Rosas, 54 (el inmueble, nada menos, de González-Ruano, Manuel Viola y Lola Gaos), visitas a su apartamento circular de Torres Blancas, que es un museo de Millares, los mejores Millares que yo he visto nunca. Visitas a su casa de Mallorca y viajes vertiginosos y puntuales al mismo tiempo. "He tenido que comprar el chalet de al lado para meter los libros. Allí vas cuando quieras, Paco. Tienes cocina y baño. Y muchos libros. Lo demás lo pones tú". Una vez me llevó, de madrugada, a velocidades de catástrofe, por toda la isla de Mallorca, cantando jotas pornográficas y jugando con mi miedo: "Tú estás metida en la cama / con las teticas calientes, y yo aquí, muerto de frío / con la chorra hasta los dientes". Otra vez nos llevó su hijo de conferencias por Castilla. Camilo lo llevaba todo anotado. "A las diez, salida de Madrid, a las once, café en Ávila, Casa Pepico". Y así.

- Mi hijo ya es decano de la Universidad de Palma y te manda recuerdos. Yo tengo una gran seguridad conduciendo. No corrías ningún peligro, Paco, porque de otro modo también lo hubiera corrido yo. Vendí aquel viejo Jaguar, porque se encontraba en mal estado, y me arrepiento. Ahora no conduzco. Tengo mecánico. Y a veces helicóptero.

De modo que he hecho algunas caminatas, de leguario en leguario, con este andarín ilustre, el más ilustre y el más andarín desde el 98. Hemos cantado aquellas jotas, rudas y aragonesas, con el malogrado Víctor de la Serna, hijo, en el comedor más exquisito de Zalacaín. Con toda su gloria y ventaja, es un escritor para escritores. Hace la novela estrófica -estrofa es lo que vuelve- que desconcierta al personal, y cuya música sólo cogemos algunos oídos muy enviciados con la literatura., "Aunque la Mazurca va por la octava edición". Lo que se consume es su imagen: un Valle-Inclán aseado (lo que no quiere decir que Valle fuese desaseado).

- De joven dabas más la estampa, Camilo.

- Pues te aseguro que también iba muy limpito.

En mi reciente Trilogía de Madrid denuncio el escándalo de que, con medio siglo de literatura y cien kilos de peso, no haya en España ningún libro solvente sobre su estilo irrepetible. Éste es un país de muertos y nuestro consuelo son los sellos de correos. "Saltas de Quevedo al 98; el XIX?". "Ahí tienes. Bécquer es la única voz. del XIX, un laúd de una sola cuerda, pero cómo sonaba esa cuerda, Paco". Hay un silencio, hay una siesta no dormida: "¿Por qué se dan los premios en este país, Paco?". Ojos de pez dramático, agrandados por las gafas. Ojos dé caballo inteligentísimo, apaciguados por las gafas. "Por política, Camilo, nada más que por política". Se sube las gafas con un dedo anular que se le dobla mucho para atrás. Ya no fuma. "Claro". Vuelve a ser el provinciano que no sabe si viene a Madrid de putas o de premios. La letra gorda sobre el cuaderno antiescolar de blancoespaña y cal, etc. "El escritor, en este país, es un hereje, Paco. Fidel Castro dice que Sartre, yo y algún otro hemos sido agentes de la CIA. No te jode. Somos de la raza de los herejes, Paco".

- Los enemigos, Camilo.

- Te diré lo que Narváez a su confesor, en la hora de la muerte. "No tengo enemigos, padre. Los fusilé a todos".

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Publicado en "El Pais" (27 de febrero de 1984)

sábado, marzo 22, 2008

Más lobos


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Publicado en el Nº 190 de Hermano Lobo (27 de diciembre de 1975)

sábado, marzo 08, 2008

El gregoriano

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El gregoriano era antes el gorigori nacional de los muertos con chistera, los canónigos modorrones, los sotosacristanes con paladar y las misas cantadas por el indiano del pueblo o por Franco. Ahora, los postmodernos de la cosa han puesto de moda el gregoriano, que en verdad es una gozada del ritual católico. España es católica porque es ritual, o a la viceversa.
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El abad del Monasterio de Silos, Clemente Serna, que es joven, marchoso y con flequillo, dice que acabarán grabando otro disco de gregoriano, a la vista del éxito pagano del primero, que se comercializa ya en más de veinte países. Por fin han conseguido llenar la misa, con el gregoriano, que es un concierto gratis. Yo, de Silos sólo conocía el gran soneto de Gerardo, que él mismo disfrutaba en su versión apócrifa: «Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acojonas al cielo con tu lanza...» En el programa televisivo de Coll, adonde están todos los genios del humor (Ussía, Chumy, Tip, Durán -humor negro- Mingote, etc), mi entrañable Antoñito Burgos canta gregoriano últimamente, con todos los otros canónigos de la risa por coro, y les sale muy propio el latinajo. Javier Pérez Pellón acaba de sacar un libro sobre Wojtyla que es todo un documento inédito y apasionante. Yo creo que este Papa no canta bien el gregoriano porque no es latino. Para cantar gregoriano hay que ser de Cuenca o de Trento. Y sobre todo no creer en Dios.
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Jiménez Losantos me manda su libro sobre Azaña, que es un libro respetuoso, decente e informado. Azaña acertó plenamente con aquello de que «España ha dejado de ser católica». Sólo que no contó con el gregoriano. O sea con el ritual, con la ceremonia, con la grandeza bizantina del catolicismo, que nos repartimos entre Italia, Francia y España. A ese legado cultural no renuncia un país de la noche a la mañana, como pretendía el inmenso don Manuel. Nuestros grandes católicos modernos, Lorca, Eugenio d»Ors, Fernando Arrabal, han sido católicos rituales, estéticos. En «Oda al Santísimo Sacramento», de Lorca, lo que hay es una inmensa fascinación estética, que todos hemos vivido en la infancia/adolescencia (los que fuimos niños de derechas, me refiero, como Federico). La «Oda» de Lorca es como para ponerla en latín y cantarla en gregoriano. Se lo sugiero al abad de Silos. José María Valverde, ese Aranguren joven, feo y genial, ha sacado un libro de artículos, sapientísimo, donde, entre tantas cosas, estudia la ética/estética de d»Ors, con referencia al libro dorsiano del citado Aranguren, y llega a la conclusión de que al maestro le fascinaba la cúpula, el sistema cupular de la Historia, como hoy a Felipe González (esto de Felipe lo digo yo, claro). La doctora Grajal, en un reciente libro sobre Severo Ochoa, debate con él los problemas católicos del alma. Yo creo, María Angeles, que si le hubieras regalado a Severo el disco del gregoriano a tiempo, habría muerto con el santolio y el gorigori, confesado y comulgado, y no que le dejamos morir ateo. Lo que no consiguió el gran Zubiri con Ochoa lo hubiese conseguido un compacto de gregoriano de Silos, cosecha 91.
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La mayor y mejor prueba de que Felipe González ha conseguido hacer una España laica, gracias a Dios y a la Almudena, es esta pasión esnob por el gregoriano. España, en fin, ha desvinculado el rito del mito y el mito de la fe, de modo que ahora se conjuga el libre examen con el gregoriano/party. Uno, que ya va estando un poco mayor y tocado, pide que en su día le incineren, pero con una rueda de canónigos echándome el gregoriano. Estamos a punto del gregoriano/rock, del gregoriano duro, que es el mío. Toda la catolicidad latina canta ya gregoriano, salvo el Papa, que es polaco y no sabe.
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Publicado en Los placeres y los días ("El Mundo", 27 de marzo de 1994)

sábado, marzo 01, 2008

La dacha nevada

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La nieve es tiempo en plumas. Ver caer la nieve es ver pasar el tiempo. Cuando la nieve se queda, se hiela, erige un cementerio para arcángeles. Bajo el blancor amable de la nieve se diría que sólo yacen vírgenes necias y arcángeles caídos. La piscina está helada y el sol es oro y bronce, un sol antártico y remoto sobre el piano difunto de las aguas. La gata Loewe entra y sale del infierno helado con los ojos inmensos de curiosidad, el rabo tieso y la pisada leve para el minué de la nieve.
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Quizá la nieve sea un gato blanco que se ha quedado a dormir en el jardín. La nieve, hasta cierto punto, estimula los teléfonos. Nos llamamos unos a otros para darnos noticia de la nieve, pero la nieve está muy repartida, como el gordo de navidad. Fernando y Emma, Ginés Liébana, Sisita, Jaime, los amigos que llaman o que llamo, son náufragos de la amistad. Hay como una vida social que quisiera sobrevivir al meteoro. Nuestro sentido social, mondain, es una segunda naturaleza que no se resigna a sucumbir ante la Natulaleza mayúscula del temporal. Para que se vea que los mundanos no somos tan frívolos como parece. Llamadas y mensajes, como perros de San Bernardo, atraviesan la tundra madrileña con su barrilito de whisky virtual y su felicitación de pascuas al enterrado en nieve. Me llega, no sé cómo, un libro del aventurero Sánchez Dragó.
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Sólo él podía mandar un mensaje, como botella en el mar, a través de los climas y las temperaturas. La del alba sería. Un título cervantino para un libro que tiene muy poco de manchego; más bien de cosmopolita y exótico, como es Fernando. El libro, en puridad, son dos libros: el oriental y el doméstico. Mis aficiones van poco hacia Oriente. Entre Buda y Confucio me quedo con Descartes.
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De modo que me llega más este escritor en lo occidental, doméstico, real, mansueto, inmediato, caliente y madrileño o soriano o de por ahí. FSD es un narrador en crudo de lo que pasa o lo que le pasa. El Dragó virtual, ya digo, me afecta menos: es una limitación mía. Creo que hay más escritor y más hombre en su realismo que en sus orientalismos, aunque tanta fama le hayan dado. Es un irracionalista que de cerca resulta muy razonable, razonador y tratable. Por quitarme del vicio de Azaña (al que he vuelto como se vuelve a un licor), revuelvo libros y encuentro uno de Jesús Aguirre, que me parece que es el último. Lo releo siempre con curiosidad, gusto y sonrisa. Primero conocimos estos ensayos en periódicos y revistas. Luego en libro. Ahora en relectura segunda o tercera. El mismo lo dice: «Elegí la pedantería como mi levita preferida». Pero es una pedantería deliciosa, dorsiana, que se burla de sí misma. Los dorsianos somos una secta mínima, exquisita, sutil y despreciable. Cuando Jesús editó a César (González-Ruano) en Taurus, le puso como lema «El escritor más camp de España». Pero él aparece en la portada de Las horas situadas con chaqueta de cuadros circenses, pulsera en la mano derecha y dos anillos en el meñique de la izquierda, más un pañuelo de bolsillo alto que le llega hasta el hombro. Entre César y d'Ors anda este dandy amigo a quien siempre elogio literariamente, para sorpresa de los que no entienden nada. En cuanto a lo de camp, ya ves, Jesús, que quedas cesarísimo.A la luz blanca y optimista de la nieve se lee bien a los amigos, a los maestros, a los cómplices y hasta a los enemigos. Hay un oro de nieve en el verde siamés de los ojos de Loewe.
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Publicado en "El Mundo" (7 de enero de 1997)

sábado, febrero 23, 2008

Un mal día lo tiene cualquiera

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Publicado en el Nº 1 de la revista Triunfo (1 de noviembre de 1980)
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martes, febrero 19, 2008

Federico y el Arcángel

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Hubo un momento en que el piano estuvo a punto de devorar a Federico García Lorca, que necesita irse a Nueva York para hacer astillas todos los pianos de la poesía, de la canción, de la copla, dándonos así una poesía hecha de cosas rotas y de músicas inútiles, porque él se preparaba para “señorito satisfecho” (Ortega), y sólo cuando empezaron a opinarle de eso el poeta comprendió que la luna más trágica la llevaba dentro y que la sangre era su única música. Y el arcángel.
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Andalucía es lírica en sí y da poetas con cierta naturalidad, pero eso es lo que ha perdido a algunos, a muchos: la naturalidad. La expresión del yo profundo, que no es de ningún sitio, da una voz ronca de soledad al verdadero poeta, y esa voz la encontraría pronto el granadino, pasando ya de largo, como un nadador sonámbulo, por entre todo el tiburonaje de aquella época excesiva de pianos. El Romancero gitano, con toda su familia detrás, jondos y faralaes, no es, empero, una entrega a la zambra, sino que está escrito ya sobre una caligrafía anterior, gongorina y surrealista, donde el coñac de las botellas se disfraza de noviembre y el Camborio se muere de perfil. El chico que encuentra estas imágenes es que tiene ya sus lecturas europeizadas, ha vibrado en la cuerda surrealista y sabe que después del tiempo de la música viene el timpo de la palabra, de la metáfora, y que todo lo puede decir sin fondo de guitarra dormida. Su necesidad de decir estaba más cerca de Rimbaud que de la Alhambra, con perdón.
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La historia de Lorca es la historia de un granadino que se quiere desgranadizar, no por nada sino porque en la Residencia de Estudiantes están Dalí y Buñuel descubriendo nuevas realidades, expresando el siglo con el espanto y dejando que la poesía gotee de la prosa, y no a la inversa. Cuando, pasado el tiempo, Lorca vuelve al Tamarit, el paisaje inicial se le ha vuelto sombrío y todo se lo dice la edad con caligrafías de ceniza.
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El duelo de pianos y guitarras ha cesado para él, lleva en el costillar el duelo del amor, el duelo de vivir y hasta el duelo de España. Lorca no es un poeta alegre ni siquiera en el Romancero, donde hay ironías cubistas, pero el libro se va llenando de muerte y adumbramiento a medida que avanza. A Lorca hay que estar salvándole siempre de su tópico y de su típico, y hasta los fascistas le salvan a su manera pegándole un tiro. Tenía un camino fácil, pero las cartas de Jorge Guillén eran austeras y optimistas. Es cuando se compra un fichero para ser un poeta/funcionario, como los profesores, sus amigos. Mas nunca será eso porque la vida le urge demasiado en las sienes y en el verso, salvándose entre todo eso el niño, el pre/Lorca, el genio del diminutivo que sabe escribir y dibujar con azúcar, niño y viejo como los lagartos, más la sorpresa del adjetivo saltándole siempre en la página. Y el arcángel.
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Desechados los ficheros, se hace autor teatral por justificarse ante la familia, pues va para eterno estudiantón de nada. Cuando el teatro le da –tarde– su primer dinero es cuando se atreve a mirar a los ojos a su padre, a las mujeres y a los hombres, a la muerte.
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Hace un teatro tan españ