sábado, septiembre 13, 2008

Clarin. Pecados mortales


Puede que La Regenta sea la última gran novela del XIX. El XIX vivió la superstición de la novela, el libro gordo que había que dejar, como Cervantes, y a ser posible único. Los romanticismos son propicios a la monumentalidad literaria. Los románticos escribían de las grandes pasiones porque creían en ellas. En este sentido, Leopoldo Alas, Clarín, es el último romántico.

Nosotros, los patriotas del siglo XX, los modernos, somos escépticos, irónicos, incrédulos, y nuestras grandes novelas son antinovelas, destrucciones de la novela. Marcel Proust puede hacer la antinovela (para el tiempo y la acción cuando quiere) porque ya no cree en el rigor dramático de Balzac. Joyce se plantea un argumento mediocre para desbaratarlo y abrumarlo de literatura y literaturidad, que es la pasión secreta y selecta del siglo. Musil, en El hombre sin atributos, narra la historia de Cacania, caricatura de su propio país, hace la antinovela antipatriótica. Por eso las novelas que se han hecho en este siglo, con impulso y ambición del XIX, son en realidad novelones, best-sellers, folletines. Hoy no puede sobrevivir la gran novela romántica (el naturalismo fue otro romanticismo) porque ese género exigía, ya digo, la fe de sus autores en lo que contaban. Pero los pecados mortales de Ana Ozores, de Clarín, hoy nos parecen travesuras provincianas.

También el gran Miró, de quien nos hemos ocupado aquí, presenta en sus novelas cortas a la heroína del XIX, la mujer castísima y ardentísima que calla y sufre su amor por un arquitecto generalmente de ojos claros, y a ser posible más joven que ella. A Dostoievski, a Tolstoi, a Balzac, a Hugo, a Galdós, a Clarín, los leemos hoy por disciplina, pero se nos quedan ingenuas, provincianas, tontas, las pasiones y represiones que nos relatan. Ni los ladrones ni los asesinos ni los tontos ni las adúlteras ni los cornucopios ni los homosexuales ni el Santo Cristo de la catedral son hoy sino ingenuidades de la última pasión cristiana: la pasión del pecado, la pasión romántica del Mal.

Cualquier novelista contemporáneo es irónico, narra desde el escepticismo (y si no, no es contemporáneo, aunque tenga 40 años). Después de la novela de pecados mortales vino la novela política -Zola, Blasco Ibáñez-, que hoy también nos da un poco de pena. Los políticos no se merecen una novela sino un buen editorial de periódico que los varee a modo, como los olivos de Luis Felipe Vivanco. Nabokov, Miller, Updike, los grandes del XX, y por supuesto Borges, que a algunos jóvenes rejuvenecidos les parece un “gilipollas”, todos han escrito en clave irónica, y no digamos Faulkner, que principia por postular en la gran novela grandes zonas de oscuridad: un juego con el lector. La Regenta, en la frontera de dos siglos, pertenece al naturalismo romántico, es una obra de arte, pero tiene poco que ver con estos autores que cito.

Clarín hizo la gran novela de su momento, la que cierra el ciclo, con más o menos sugerencia de Flaubert, lo que pasa es que hoy descreemos de las grandes novelas, de la Obra, porque el pensamiento moderno es fragmentario: ya no se fabrican sistemas filosóficos hegelianos o kantianos, Baudrillard y compañía piensan al hilo de lo que pasa, como ya hicieran en España Ortega y Eugenio d'Ors.

Con una gran falta de fe en la Obra, bien sea literaria o musical (nos fascina el fragmentarismo de Erik Satie, en música) y una gran falta de fe en los contenidos, hoy todo el arte que hacemos es irónico o transeúnte, pues incluso la angustia existencial, la náusea sartriana, quedan como un neorromanticismo de posguerra.

Volvemos a ser irónicos como los griegos, de modo que nos hemos rejuvenecido de una juventud milenaria. Flaubert no digo que sea mejor o peor que Clarín, pues que escriben en distintas lenguas y esto supone una heterogeneidad que dificulta las comparaciones estrictas. Lo que sí digo es que Flaubert, siendo anterior, es más moderno que Clarín, ya que se distancia absolutamente de las pasiones de su heroína y de los horrores que denuncia, mientras que Clarín se identifica y nos identifica con todo eso. Clarín quiere impresionarnos, pero Flaubert sólo quiere ilustrarnos. Distanciamiento es ironía. Lo que Flaubert tiene sobre Clarín es la distancia. Me decía Jorge Guillén:

-Mire usted, Umbral, no se puede al mismo tiempo juzgar y jugar.
-Mire usted, maestro, eso que me reprocha es lo que usted está haciendo ahora mismo. La aliteración jugar/juzgar es un juego. Usted me está juzgando, pero también está jugando.

Quiero decir que el juego, clave y signo del arte moderno, de Apollinaire a Picasso (por eso se les ha estudiado aquí), de los surrealistas a John Cage, es el último recurso del siglo, la actitud lúcida del escepticismo creador. Se llegó a hablar, en su momento, de “el hombre que trabaja y juega”. Juegan incluso los animales (con un ratón que nunca se van a comer), y es cuando están más cerca de nosotros. Leopoldo Alas jugaba en sus Paliques, jugaba con los autores (que se lo pregunten a Valle-Inclán). Alas jugaba escribiendo, desde el título de sus crónicas y críticas, pero a la hora de hacer su obra, la Obra, en pleno arrebato romántico y naturalista, se pone muy serio y lo que falta en su gran novela es el humor, la ironía, la burla de unos horrores generados por la superstición cristiana o por la autoridad competente. Clarín, que no era tonto, hoy hubiera practicado la estética de la distancia para dibujar a Ana Ozores, una simple reprimida. Flaubert ve a la Bovary como una pobre provinciana soñadora y cursi. Clarín ve a Anita Ozores como una heroína de la virtud y el pecado. Ahí está la diferencia entre novelista y novelista, no tan distantes en el tiempo.

¿Por qué no se escriben hoy regentas ni crímenes y castigos? Porque autores y lectores han cambiado de sensibilidad, han perdido la fe en los valores, a cambio de un cierto amor por los contravalores.

Quiero decir que incluso Henry Miller creía demasiado en el sexo. Era un fanático de la vagina. El señor Bukowski, prosista muy inferior, interesa más a la juventud porque ve y cuenta el sexo desde la sonrisa (vertical).

La equidistancia entre uno y otro es Nabokov, que consagra sonriendo la vagina virgen de Lolita. Nabokov llega a enfrentarse a muerte con el otro amante de la niña (Nabokov o Humbert, su álter ego, quiero decir), pero lo hace cuando ya no cree en ella, cuando ya no la ama. Su muerte o su crimen serán gratuitos, irónicos, pues se justifican por una pasión que ya no existe: “una lamentable anciana de catorce años”.

Considerando todo esto, Clarín nos queda un poco lejos, como toda la novela del XIX, salvo la ironía de Stendhal, a quien por eso define Ortega como “Supremo Narrador ante el Altísimo”, incurriendo en un verbalismo romántico que precisamente rechazaba en nombre de Stendhal.

No sólo hay que ser grande, como Clarín, sino que hay que serlo a tiempo. La Regenta es una novela cimarrona, cronológicamente un poco retrasada. Se puede exhibir como modelo de obra bien hecha, pero hoy estamos en la modernidad, que es culto a la obra regularmente hecha. La crítica más moderna se complace en denunciar que Baudelaire no es perfecto. Por eso mismo trajo la modernidad y el derecho a la imperfección. Clarín se lo hacía muy bien, pero la función había terminado. El XIX, o sea.


Publicado en “El Cultural”, Los alucinados (El Mundo, 5 junio 1999)

2 comentarios:

C.C.Buxter dijo...

No estoy de acuerdo con Umbral; de hecho, creo que uno de los problemas de la novelística "moderna" fue precisamente abandonar la concepción decimonónica de la misma, preocupándose más por la forma y las audacias verbales o estructurales que por la existencia de una historia que contar. Por poner un ejemplo de uno de mis escritores preferidos, creo que "San Camilo, 1936" es una muy buena novela, pero que, sin embargo, en "Madera de boj" se le fue la mano, y al final la historia es tan mínima, que el libro carence de un hilo argumental que dote de coherencia al conjunto, más allá del espacio geográfico de la Costa de la Muerte.

Con Umbral me pasa un poco lo mismo, y prefiero con mucho sus libros memorialísticos o sus diarios íntimos a sus novelas (aunque también escribiera algunas buenas novelas).

Anónimo dijo...

necesidad de comprobar:)