domingo, septiembre 21, 2008

Que buen caballero era

Hace mucho tiempo que las murallas de Avila le sirven de corona. La cualidad pedernal que en un tiempo mágico y violento le sirviera para salvar España, se le ha aserenado ahora en el alma dolorida de modo que todo él es ya piedra de paz donde se posa la memoria colectiva como ave cierta y cansada. Adolfo Suárez. Qué buen caballero era.

Fuerte gozo tuve cuando un jurado generoso y numeroso me concediera el premio Príncipe de Asturias de las Letras, pero ahora ese gozo se hace absoluto, excesivo, plural, de dimensión política, histórica (para mi álbum del corazón), cuando en el mismo exquisito lote entra, primero entre los pares, impar, Adolfo Suárez, duque de Suárez, la más limpia lámina histórica del siglo, con don Manuel Azaña, el hombre que retornó por el revés del tiempo, como Orestes, y fue justo en el momento justo, esencial y peleador como no lo daba España desde nunca. Su gloria ha crecido a medida que los sucesores se iban emporcando, empecinando de sí mismos, lo que le ha hecho a él, al Duque, de condición irrepetible y cualidad de estatua. Imaginó la España venidera, tiraba cada día más hacia las fuerzas del progreso, hacia el progreso de su fuerza, y por eso prefirió irse de hombre a quedarse de ajuntaculos, como los de hoy. Adolfo Suárez, premio de la Concordia, premio a la Concordia, corazón concordante, maestro de la concordia que puso contestes a todos los españoles.

Y encima tenía un estilo, y lo tiene, una manera de mandar, una manera de hacer, una manera de hacer que se hiciese. El sabe cómo le queremos y respetamos un ramo hosco de escritores por libre que allá en el romancero de la transición fuimos hostiles con él, hostiles a él. En muchos años de escritor político no me recuerdo villanía más fuerte del olfato histórico que el haber compartido lo del «inmenso error» con quien no hay que compartir nada.

Mucho, algo hemos caminado codo con codo, entre Santiago Carrillo y Carmen Díez de Rivera, una mujer mítica. Pero tocar Oviedo al paso alegre y sobrio de Adolfo, príncipes ambos de un día (él lo será para siempre), me parece hazaña del azar que no puede repetirse, ni debe, gloria que explica y premia haber escrito tanta letra muerta, hoy viva por la amistad, la memoria y la «igualdad» de los premiados. Yo voy al Principado a aplaudir a Suárez, no a que me aplaudan a mí, y digo que los demás lo mismo, hasta los extranjeros, que le saben y respetan. En Oviedo se hace justicia todos los años, pero hoy, además, se ha hecho el milagro. Nadie estaríamos aquí sin Suárez, ni el Príncipe de Asturias, ni siquiera el verdadero Príncipe de Asturias, don Felipe. Este Adolfo de ideas largas y palabra corta, justa y sobria, dura y suya, se sacó España de las hijadillas cuando ya no había nada. Príncipe, hoy, de su silencio. Qué buen caballero era.

Los preciosistas de la política, que los hay, dicen que no todo lo hizo bien, pero lo hizo mucho, y eso a mí me importa más. Muchas veces le he animado a volver, mas él conoce su hora y sonríe como haciéndose perdonar la negativa. «Lo que quieras, Umbral, pídeme lo que quieras». Una manera de decirme que no le pida eso. Hoy la justicia de unos hombres justos nos reúne, juntamente con maestros como Julián Marías, pero la fiesta es él, será en Oviedo, porque heredamos sus violentas leyes, pero nadie ha heredado esa hombría justísima, esa cualidad macho con que se inventó España. Qué buen caballero era.
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Puclicado en “El Mundo”, Los placeres y los días (17 septiembre 1996)