miércoles, noviembre 19, 2008

El mondadientes

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Creo haber contado aquí alguna vez que los griegos de elite envenenaban los mondadientes a sus invitados. El castizo palillo español, rasgo hortera si los hay, tiene realmente un uso higiénico y los griegos más exquisitos lo usaban en sociedad. No sabemos si se utilizó para matar porque estaba de moda o estuvo de moda porque se utilizaba para matar.
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Y he aquí que hemos heredado lo peor de los griegos: Serbia envenena todos los mondadientes de Rambouillet. En Paraguay, a Oviedo le envenenan todos los mondadientes y tiene que huir a Argentina tras la jura de Macchi, buscando un dentista. ETA nos envenenó los mondadientes con la tregua. Eran unos palillos que llevaban soporífero, y así es como hemos dormitado largamente creyendo en ese paraíso de paz por donde corría Manu Leguineche en bici (un Manu adolescente y ya internacional). Borrell le había envenenado los mondadientes a Piqué y ahora Piqué se los envenena a él. Pero no por eso es menos cierto que el portavoz tenía una muela piqué. Pese al uso y abuso de palillos, no acabamos de parecer griegos, sino pastores extremeños aburridos, mascando un palillo viejo y mirándolo al trasluz a ver si todavía le quedan posibilidades de masticación y jugos.
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Una noche en casa de Cela, después de cenar, pedí los mondadientes, no por uso, sino por comprobar si el Nobel seguía manejando sus «apuntes carpetovetónicos», como buen «cazador de iberismos», que le llamó Ortega. Camilo se levantó, fue a un armario y me trajo una caja de mondadientes con una de las puntas forrada de plata. Aquí sí empezábamos a ser griegos.
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Al que escribe con mondadientes o con colilla en la comisura, se le nota mucho. Todo el socialrealismo se escribió así. La política de palillo la han hecho aquí algunos periféricos. El palillo, por la manera de llevarlo en la boca, es localista, y hasta podríamos decir de qué localidad. Los que ponen muchas barras llenan la prosa de mondadientes, pero de mondadientes envenenados que matarán de sopor al lector del artículo, pues se trata casi siempre de versos mal copiados. El señor Solana se fue a la OTAN con su mondadientes madrileño, hecho un casta y dispuesto a hacer carrera, pero le habían dado un mondadientes envenenado y ahora ya tiene la rabia en el cuerpo. No se sabe si el mondadientes se lo ha envenenado Clinton o el presidente anterior, pero Solana es ya un cadáver político que acabará recitando, de viejo: «OTAN, de entrada no...» O bien, en la residencia: «Hermana, otro mondadientes, que éste está envenenado». Iba a ser el delfín, pero el delfín se tragó el anzuelo del mondadientes. Los mondadientes, como los anzuelos, son de mosca o no son de mosca. Algún filósofo griego murió con la mosca en la oreja y algún salmón ha picado el mondadientes de los furtivos, que los hay de derechas y de izquierdas, aunque la izquierda come poco salmón, mayormente las bases, por más que diga el señor Cuevas.
Con un anzuelo/mondadientes envenenado cazó Garzón a Pinochet en el río revuelto del Támesis. Los Lores esconden los mondadientes en la peluca, como las horquillas. En los grandes almuerzos madrileños, si te fijas, todo el mundo te ofrece un mondadientes envenenado, a los postres: ¿No le parece a usted muy valiente el gesto de Solana...?
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Publicado en "El Mundo", Los placeres y los días (31 de marzo de 1999)

1 comentarios:

Anónimo dijo...

genial