domingo, mayo 10, 2009

De ombligos, viejos troncos y las muelas de Franco


Lunes 3

La flor inocente de esta primavera es el ombligo femenino. Entre el suéter corto y el vaquero bajo, todas alumbran un ombligo ingenuo, sonriente y adorable. ¿Es intimidad el ombligo, esa puerta tapiada que no conduce a ninguna parte? ¿Por qué ha sido siempre tan secreto el ombligo, y tan incitante, como otros misterios femeninos que tampoco lo son? El ombligo es como una muesca graciosa en la perfección de un vientre y viene a recordarnos que las cosas absolutamente correctas son insoportables. A la de Eboli le faltaba un ojo y a Greta Garbo le sobraba un lunar. El ombligo es una graciosa errata en ese texto impecable que es un cuerpo joven. En los libros demasiado correctos también se agradece una errata, de pronto, como sobresalto, distracción y alivio. Lo cual que me paso las tardes de junio, en una terraza de mi pueblo, mirando pasar ombligos. Los que más me gustan son los casi verticales, que corresponden a un vientre tenso y joven. No me gustan los ombligos en forma de coma, por seguir con la comparación tipográfica. Ni los ombligos con imperdible, de un hippismo viejo y quirúrgico. Va de suyo que el ombligo es flor de juventud, y esto parecen haberlo olvidado algunas maduras, ay. Escribió Alvaro de Laiglesia, cuando la censura, que «todos los ombligos son redondos». Evidentemente, quería decir otra cosa. Ahora que viene el liberalismo post/Keynes a lo bestia, ellas han decidido liberalizar su ombligo.

Martes 4

El odontólogo Julio González Iglesias ha escrito un libro titulado Los dientes de Franco, que parece un buen título metafórico, pero es rigorosamente clínico. Franco padecía de los dientes, Franco «echaba las muelas», la época era muy atrasada en odontología y uno podía empezar, terminar y ganar una guerra con dolor de muelas, como Napoleón hizo campañas más importantes con dolor de estómago. Los grandes son rehenes de su cuerpo como nosotros los pequeños, sólo que el dolor de muelas y todo dolor ha sido borrado de nuestra biografía por los médicos y las medicinas. Más vale ser un peatonal con dientes sanos que un César con caries. Las caries pudrían el beso y por esta razón el beso profundo ha venido después: un beso de bocas sanas. En el cine americano de posguerra (y español) los besos son planos, y no sólo por la censura, como creíamos, sino por el asco. Ahora comprende uno que toda la posguerra tuvo un olor a caries que fue el perfume negro o marrón, pestífero, de la calle y la intimidad, del colegio y el amor. Eran las caries de todos o eran las caries de Franco, que andaba con unas muelas podridas de sargento. Aquellas muelas, aquellos dolores dieron clima y malhumor a varias generaciones en derrota. Ni Abella ni Luis Otero ni Vizcaíno hablan de las muelas de Franco, cuando éstas fueron el secreto de su mutismo, su secretismo y su mala leche.

Miércoles 5

Un artículo de Manuel Alcántara, un soneto de Salvador Jiménez, unas cartas y llamadas de Penagos. Mis viejos y primeros amigos de Madrid, que reúno ahora en la resaca, cenizas entrañables, de un premio con su polvoranca de buenas gentes con buenas intenciones. Manolo y yo jugábamos a los bolos en una bolera de Fuencarral y con mis primeras bolas le dejé perplejo. Me daba cocacola con whisky y se llenaban sus ojos de un espanto irónico y frío viendo cómo yo me bebía un vaso tras otro, como agua. El era por entonces el discípulo más claro de César. Todos éramos ruanistas. Manolo encontró pronto su propio camino. Salvador me publicaba cuentos en cuanta cosa dirigía. Penagos, en fin. Fueron amigos irónicos y directos, cínicos e invitadores, los primeros camaradas literarios que uno tuvo en aquel Madrid guerracivilista de los sesenta. Todos ellos y otros suponen para mí una entrañabilidad que nunca más he vuelto a encontrar en el duelo literario. Gente más poderosa y conveniente, sí. Amigos con tanta fe en lo de uno, cuando ni siquiera se sabía cuál era lo de uno, eso no se vuelve a encontrar. Y el que no da con ese clan experto y macho, con ese sombrajo de amistad y literatura, en sus años desvalidos, ése se perderá para siempre reciclado en funcionario, mierda y nada, por la gran ciudad. Principia el soneto de Salvador: «Un soneto me manda hacer Quevedo, / nuevas odas Neruda solicita / Miguel versos del pueblo precipita / y Ramón greguerías. En el ruedo / mortal y rosa...» Etc.

Viernes 7

Guadalajara. Plantamos un árbol en la finca de Cela. Literatura y Marina Castaño. Vino y metáforas. Tarde de una luz inspirada, extensa, horizontal, como una detenida tormenta que se lo hubiera pensado mejor. «Qué hermosa es Castilla», exclama Raúl. Un quietismo de sol rosa, un cielo enlagunado en azul frío, una hora empozada en el tiempo. Martín Prieto, Pablo Sebastián, Raúl del Pozo, el doctor Barros y yo. Y las chicas. Camilo está poderoso, ingenioso, vivo. Nos da su nuevo libro, Poesía completa, que le ha sacado el Círculo de Lectores. Del libro nos lee un poema reciente, largo, erótico, surrealista, enamorado y desesperado. Sobre la cursilería de los nombres exóticos, cuenta una experiencia de oído. Es el apelativo lujoso tapando el hambre: «¡Madre, que el Montgomery se ha cagao!».

Sábado 8

Mañana firmo ejemplares en la Feria del Libro. Charo Albarrán pone una caseta reventona, cordial y eficaz donde se vende mucho. Es una gran profesional. Voy todos estos últimos años y observo con satisfacción que mi cola de lectores es de gente joven, parejas con chaleco de cuero, clavos y cosas, libros y amistad. Veo otras colas de señoras de pelo azul y perrito. O los franquistas de todos los años, impasible el ademán, blanco y ralo el bigotillo. La guerra civil parece ser el centro de esta Feria temática (ahora todo es temático: otra pedantería de los analfabetos, que es la peor). El rey Juan Carlos ya ha comprado el libro de Umbral, como todos los años. La reina Sofía jamás va de pieles, ni a la Feria ni a nada. Y la Tocino sin aclararse.

Publicado en “El Mundo”, Diario con guantes (9 junio 1996)