sábado, junio 06, 2009

El becerro de oro

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Esta sociedad estaba necesitando un becerro de oro y ya lo tiene: el culo. En nuestra adolescencia era elegante no tener culo para que te sentase bien el primer traje (el mío era marrón a rayas). Yo me salvaba, según las vecinas, porque no tenía culo y la chaqueta me caía bien. Te fijabas por las películas, Cary Grant un suponer, y los grandes galanes no tenían culo. Ahora las chais, cronistas o no, sólo van a los toros a mirar el culo de los toreros.
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Hasta que, como era fatal, vinimos a dar en el culo de la mujer, que es el becerro de oro de esta sociedad aurificada y transaccional. En nuestro cine, Victoria Abril, sabiendo hacer tantas cosas con la cara, una vez se le ocurrió salir luciendo el culo. Sólo que Victoria, tan vivaz, también se expresaba con la gestualidad del culo, recordándonos aquello que se dijo del citado Cary Grant: que interpretaba con la espalda. El culo no es el espejo de nada. La cara se salva porque es el espejo del alma, pero el culo es materia pura, carne dorada de mujer, un becerro de oro que ni siquiera tiene mirada, pero suele tener mucha cosa aurífera. Villalonga, hombre culón, se merecía una estatua del culo hecha por Fernando Botero en oro purísimo. Al fin habríamos conocido al becerro de oro.
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La pura materialidad del culo, la forzosidad espesa de glúteos y nalgas, todo eso nos hace amar el culo de la mujer, pero Carmencita no sé qué y Franco, luciendo un culo transparente en París, nos ha dado la versión culta y erótica de Gaultier, el vestido que deja ver directamente la tripa cular. Para eso querían los guardias de su abuelo que siguiera el franquismo: para que la nieta pudiese pasear por París un culo institucional, que fue becerro de oro de los españoles de los cuarenta. Me lo ha contado Sisita, que estaba allí, y luego lo leo en Carmen Rigalt. Supongo que se refieren al mismo culo, aunque las versiones son diversas. A no ser que la Bordiú tenga culo de quita y pon, como las pelucas de Paloma.
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El auge de los culos masculinos, incluso dentro del grupo social que les es propio, se compagina con el desbrague de los culos femeninos, que miro con deleite y erudición. Caídos todos los velos y todos los valores de la Bolsa, cuando Martín Villa y Oriol vuelven a fusionarse o a intentarlo, hemos llegado al final de esta cultura maciza. Lautréamont habló del «pueril revés de las cosas». A veces el revés no es tan pueril. Lo malo del becerro de oro es que no nos enseña el culo, sino la cara, y la cara es eso: un culo franquista o el culo del Juli.
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Todas las sociedades monetaristas lucen el becerro de oro debajo de la faldumenta liberal. Algunas tienen un becerro considerable y otras lo tienen estilizado, que me gustan más, pero ahí está el símbolo duro y fecal de una cultura que quiere pervivir en el Tercer Milenio sin aportar nada nuevo, salvo el culto ya descarado de la brutalidad de nuestro humanismo. Porque lo llaman humanismo. A mí me pasa que me gusta el culo como culo pero me avergüenza como símbolo del Becerro. Tras 25 siglos de cultura hemos vuelto a dar en lo mismo que los griegos. Ese culo armonioso que Roma hizo bestial. Me gustan los culos de Urculo, pero uno se ha quedado en el culo/violín velazqueño.
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“El Mundo”, Los placeres y los días (22 mayo 2001)

1 comentarios:

Cordura dijo...

Estupenda reflexión (está claro que no la escribió con el aúreo trasero).